Arranca tu mirada habitual y acómodate el nuevo zoom de manera que puedas ver y no mirar. Escarba en la barahúnda social y recoge su inmortalidad para concienciar a los espectadores pasivos.
Es fotoperiodismo.

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lunes, 29 de diciembre de 2008

La barriga más bonita del mundo


La barriga no era artificial. Tampoco había comido mucho. Por detrás no se apreciaba, sólo veía una espalda demasiado curvada. Se apretaba la cintura con ambas manos, y sonreía. No paraba de sonreír. Quería asomarme al balcón de su hombro izquierdo, necesitaba averiguar qué era aquella panzota rimbombante de felicidad asegurada. Apenas intenté colarme en el hueco entre su codo y su cintura, se llevaron aquella barriga postiza. Habían pasado los trece días. ¿Papá?

jueves, 11 de diciembre de 2008

Aquí está mi nuca

Aún no había cumplido los nueve. Viajamos a Bilbao, mi hermana y yo teníamos que conocer el lugar donde habíamos nacido y donde mi padre se había criado. Las vacaciones ya estaban planeadas. Nos esperaba la lúgubre casa de mi abuela, en Leioa, sus abrazos enérgicos y su famoso mojo de bacalao coronado por la tortilla de patatas. Acabábamos de llegar, era un trece de julio del noventa y siete. Comimos y mis abuelos me zarandearon los mofletes. Toda una moza, decían. Bajé a la replaceta, mi madre me miraba desde el balcón. Descubrí a las afueras de un bar, el coche fantástico de Mike. Me monté mientras silbaba la musiquilla. Subí de nuevo a casa. Sólo pensaba en mi coche fantástico y en ir a Deusto para conocer el hospital donde nací. Me habían enseñado que nací “en Deusto, donde hay una de las mejores universidades de España”. Deusto no era cualquier cosa para mí. Pero se oían muchas voces. Golpes. Canciones que no entendía. Ahí, en mi replaceta, junto a mi coche fantástico, había una Herriko Tabernak. El dolor por Miguel Ángel se palpaba por cualquier rincón. Decenas de pancartas llenaron mi replaceta, veía manos pintadas de blanco, igual que yo me las había pintado días antes. Aunque tenía unos grandes mofletes, pude colocarlos entre los barrotes del balcón. Mi padre estaba enfadado con los hombres de la taberna, mi hermana me explicaba qué era todo ese alboroto, mi madre tiraba de mí hacia ella. Apareció la Ertzaintza y me di cuenta de que un “¡Gora ETA!” pintado en un muro acechaba a mi coche fantástico. Los ertzainas llevaban pasamontañas. Procuraban que los manifestantes no lincharan a los hombres del bar. Les protegían, era su deber. Pero no se quitaban el pasamontañas, esos hombres del bar no podían ver su identidad. Los barrotes se me quedaban pequeños, estiraba el cuello como una tortuga. Aunque cerraba los ojos ante cualquier insulto vociferado. Todos estábamos asomados en el balcón, pero todos teníamos miedo.

Hoy no hay foto. Sólo un espacio blanco. Blanco.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

La inocencia del periodismo


Los niños se asombran ante casi todo, mi cámara también. Dibujan lo que ven, pero lo dibujan como ellos lo perciben. Las fotografías son pequeños trozos de espejo que encajan en la realidad social que yo percibo. No significa que sea la única realidad. Es la que mi ojo óptico pretende expresar. Tratar de palpar la inocencia que queda en el periodismo es mi intención. No hablo de inocencia como objetividad, ni tampoco de inocencia como asepsia. Hablo de la inocencia de un niño. Imagina un periodismo de apenas un metro treinta, con un estuche de colores y los pantalones zurcidos de tantas roturas. Es el oficio que hay que recuperar, el que se sorprende como un niño, el que refleja lo que observa para cultivar conciencias. Es el periodismo que cuestiona los axiomas de fe y los esquemas mentales que las personas han formado en su cabeza. Necesitamos un zoom social para agrandar los detalles importantes que vemos de reojo. Asombrándonos desmontamos la realidad a la que nos hemos acostumbrado. Como un niño antes de dejar de serlo.