Arranca tu mirada habitual y acómodate el nuevo zoom de manera que puedas ver y no mirar. Escarba en la barahúnda social y recoge su inmortalidad para concienciar a los espectadores pasivos.
Es fotoperiodismo.

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domingo, 23 de noviembre de 2008

Ocho millones sin rostro


Treinta y cinco minutos estuve para hacerle la foto. No parecía importarle, pero yo quería que saliera él solo. Y no paraba de pasar gente. Sólo salteaban su pierna estirada entre un tejemaneje de bolsas pesadas. Él recostaba su cabeza alternándolo con ojeadas a la gorra a modo de colecta eclesiástica. La gente dejó de mirarle a él para mirarme a mí. A la salida del supermercado resultaba chocante este encuentro entre una fisgona y un pobre desgraciado. Apoyada en un coche pensaba en qué pensaría él, y cómo habría acabado recostado en la puerta de Consum con los calcetines sucios y una mueca de indiferencia. Entonces pensé que quizá eso no era lo importante, sino que él pertenecía a esos ocho millones. Sin él serían siete millones novecientas noventa y nueve mil novecientas noventa y nueve personas formando el Cuarto Mundo en España. Reparé con pena en que llevaba treinta y cinco minutos para hacerle la foto, porque no paraba de pasar gente. Pero nadie pasaba sin pararse. Eran las dos menos veinte y ya olía de nuevo a pan recién hecho, la gente se apresuraba para hacer la comida. Otra vez ese aroma. Él miró hacia el interior y olisqueó un poco. Se durmió. Y yo aproveché para inmortalizar ese momento, porque en el fondo sabía que cerraba los ojos para poder concentrarse y disfrutar mejor del olor, era su pan de cada día. Huele que alimenta.

sábado, 15 de noviembre de 2008

El dios occidental


¿Por qué diría Nietzsche que Dios está muerto y su cadáver apesta? Ayer mismo lo vi postrado, con esa templanza que le caracteriza, en su templo. Además, estaba acompañado. Es muy retrógrado el monoteísmo. Dios se sentiría muy solo allá arriba escuchando únicamente nuestras plegarias —las de los niños sobre todo— sin nadie con quien comentar el día a día. Bastante tiene ya con compartir su casa con todos los que vamos allí a adorar su morada y su figura y todo lo que nos ofrece (muestras gratuitas inclusive). Y darle las gracias por estar aquí un año más de forma incondicional. Los niños son los que más lo agradecen. Cada año viene antes, porque sabe que cada año nuestra dependencia es mayor. El mundo empeora, está a punto de caducar y él nos da esa pizca de alegría, luces y esperanza. Sólo con él llega ese espíritu solidario tan necesario para convivir pacíficamente los unos con los otros. Es verdad que nunca nos abandona. Habita en nuestro interior, en nuestra forma de actuar y de pensar, en nuestra conciencia. Su espíritu se expande un año más. Demos gracias a Dios.