Arranca tu mirada habitual y acómodate el nuevo zoom de manera que puedas ver y no mirar. Escarba en la barahúnda social y recoge su inmortalidad para concienciar a los espectadores pasivos.
Es fotoperiodismo.

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domingo, 30 de noviembre de 2008

Mi cinema paradiso


Hagas lo que hagas, ámalo. Y miles de besos de películas. Es lo único que acudió a mi mente al entrar en un pequeño Cinema Paradiso. No estaba en Italia, pero sonaba Ennio Morricone. Hace tiempo que estos cines ardieron con la llegada de los multicines. Apenas quedan Alfredos que se apasionen con las grandes películas en pequeñas salas. Ni Totós con el corazón compungido con un vals de los besos más prohibidos y olvidados. Pero todavía hay pequeños callejones donde ver una taquilla al aire libre, y un hombrecillo que a poco precio te da unas entradas acartonadas, pequeñas y de colores. Como antes. Casi una colección con las que poder hacer fotogramas de un pasado entrañable, una película compuesta de películas propias de los cinemas paradisos más recónditos. Ahora el cine es sólo un sueño, como dijo Alfredo.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Ocho millones sin rostro


Treinta y cinco minutos estuve para hacerle la foto. No parecía importarle, pero yo quería que saliera él solo. Y no paraba de pasar gente. Sólo salteaban su pierna estirada entre un tejemaneje de bolsas pesadas. Él recostaba su cabeza alternándolo con ojeadas a la gorra a modo de colecta eclesiástica. La gente dejó de mirarle a él para mirarme a mí. A la salida del supermercado resultaba chocante este encuentro entre una fisgona y un pobre desgraciado. Apoyada en un coche pensaba en qué pensaría él, y cómo habría acabado recostado en la puerta de Consum con los calcetines sucios y una mueca de indiferencia. Entonces pensé que quizá eso no era lo importante, sino que él pertenecía a esos ocho millones. Sin él serían siete millones novecientas noventa y nueve mil novecientas noventa y nueve personas formando el Cuarto Mundo en España. Reparé con pena en que llevaba treinta y cinco minutos para hacerle la foto, porque no paraba de pasar gente. Pero nadie pasaba sin pararse. Eran las dos menos veinte y ya olía de nuevo a pan recién hecho, la gente se apresuraba para hacer la comida. Otra vez ese aroma. Él miró hacia el interior y olisqueó un poco. Se durmió. Y yo aproveché para inmortalizar ese momento, porque en el fondo sabía que cerraba los ojos para poder concentrarse y disfrutar mejor del olor, era su pan de cada día. Huele que alimenta.

jueves, 13 de noviembre de 2008

El hueco de los ausentes


La silla de Antonia tiene las ruedas oxidadas y chirrían. La abandonó poco a poco, mientras esperaba el resultado de las pruebas. Por esa época, sus niveles de azúcar empeoraron, pero ella seguía sentada en su sillita mascando algún que otro caramelo a escondidas. En la fila de sillas de plástico esperaban el resto de ausentes. La chica de las ojeras inusuales no sabía por qué tenía esos pinchazos en el pecho, y el chico de su derecha aún no tenía fecha para su operación de la rodilla. Manuel llevaba cuatro meses esperando a que le operaran para volver a colocar su intestino donde correspondía. Le habían prometido que antes de verano estaría operado y así podría disfrutar del viaje con su familia. Pero pasó el verano y seguía allí sentado, esperando, dándole algún caramelo a la mujer regordeta de la silla de ruedas. En la fila de atrás se asomaban unas cabezas como tortugas avistando la costa. Eran los niños ausentes, que estaban ansiosos por saber algo de aquella cosa en el pecho de mamá. Y esperaban, y seguían esperando, a saber si era bueno o malo.


Pero Manuel, Antonia, la chica de las ojeras inusuales y todos los cuerpos que allí esperaban no eran funcionarios. Ni tampoco periodistas. Aunque la sanidad en España esté entre las mejores —es una de las más sociales— tiene muchas deficiencias que los políticos no tratan en sus programas electorales. No conviene. Los hospitales y ambulatorios (centros médicos públicos en general) no tienen la suficiente capacidad para absorber la superpoblación y atenderla adecuadamente. Así aumentan las listas de espera. ¿La solución? Ofrecemos a los funcionarios (de rango A, B, C y D) la posibilidad de elegir entre ser atendidos en un centro público o uno privado (MUFACE). La mayoría, por supuesto, elige el privado. En la Asociación de la Prensa de Madrid ocurre algo similar. Todos los asociados tienen derecho a una sanidad privada. El problema, tanto para el primer caso como para el segundo, reside en que esa sanidad privada es posible gracias a ciertas medidas: fondo público, reducciones en el pago a la Seguridad Social o convenios con ésta. Todo ese dinero del fondo público es el hueco que ocupan los ausentes.