
Hagas lo que hagas, ámalo. Y miles de besos de películas. Es lo único que acudió a mi mente al entrar en un pequeño Cinema Paradiso. No estaba en Italia, pero sonaba Ennio Morricone. Hace tiempo que estos cines ardieron con la llegada de los multicines. Apenas quedan Alfredos que se apasionen con las grandes películas en pequeñas salas. Ni Totós con el corazón compungido con un vals de los besos más prohibidos y olvidados. Pero todavía hay pequeños callejones donde ver una taquilla al aire libre, y un hombrecillo que a poco precio te da unas entradas acartonadas, pequeñas y de colores. Como antes. Casi una colección con las que poder hacer fotogramas de un pasado entrañable, una película compuesta de películas propias de los cinemas paradisos más recónditos. Ahora el cine es sólo un sueño, como dijo Alfredo.